Colaboraciones 2008

Índice de Artículos
Colaboraciones 2008
I.QUE SE VAYAN
II. CORRE, CONEJO
III. LA ESTRELLA ERA...
IV. YA LO DECIA...
V. ¿DONDE ESTUVISTE...
VI. VOCABULARIO...
VII. INCREMENTO...
VIII. OBJETIVO...
IX. DEL BOSQUE
X. UN TIPO...
XI. FORTUNA
XII. UN MINUTO...
XIII. CALABAZAS
XIV. HE VENIDO...
Todas las páginas

 

NUEVA : XIV  y ULTIMA

 En esta sección vamos a poder disfrutar de las14 cronicas de Jabo del 2008 Aunque la mayoria  de vosotros,  ya las habeis leeido , merece la penar volverse a recrear con ellas.

A la derecha de la foto  teneis los Menús con los titulos.

 

 

 


 

 

I. QUE SE VAYAN LOS PULGONES

Madrid – Lunes, 19/05/2008

RESUMEN DE AGENCIAS

Un pequeño insecto de la familia de los áfidos ha invadido el entorno del río Manzanares. Miles de pulgones verdes se han reproducido junto a la ribera, devoran las hojas de árboles y arbustos, cuyos troncos empiezan a pudrirse (...) Un edil pidió al Ayuntamiento que "tome medidas inmediatas, antes de que estos parásitos lleguen a la Casa de Campo y al parque del Oeste". Decenas de vecinos se han quejado a Medio Ambiente por los picores y molestias de estos insectos.

Se veía venir, y mira que lo habíamos advertido. Ya al comienzo de la semana, informaba la prensa de la alarma que se había extendido entre el vecindario de la ribera del Manzanares: una plaga de Pulgón Verde estaba atacando los tiernos brotes primaverales, desde el puente de los Franceses hasta la plaza de San Pol. Y lo peor de todo: la virulencia del ataque del PV hacía temer una inmediata invasión del paraíso de la Villa y Corte, vulgo CdC, víctima propicia de todo género de plagas (domingueros de rancia tradición, armados con nevera y teleplasma, ciclistas de Armani con la bici tuneá, turistas de peluche al encuentro de Chulín, o como se llame ahora…), si bien este agente, el ya citado ‘Pulgón Verde’, se había mantenido siempre lejos de sus límites.

Claro que el vocablo ‘siempre’, en los tiempos que corren, viene siendo un concepto así como bastante relativo.

Y tanto. El jueves 22 de mayo (lo que viene siendo ayer mismo), a eso de la media tarde, poco más o menos, irrumpió en el coso de las Ventas…quiere decirse…en el sitio ese, con árboles y tal, una plaga o enjambre de seres dispuestos a comérselo todo y a hollar sin miramientos las veredas que jalonan (qué cursilada, madre mía) los pinares de la CdC. Una invasión de tal ferocidad que hasta los torerillos del tentadero cercano al MP, viéndole las orejas al Pulgón, tomaron las de Villadiego, arreando con el cacho-e-toro de maera y toa la pehca.

Y digo yo, decimos a coro: ¿Eran estos seres de confusa identidad (los invasores del jueves a las siete y media) una avanzadilla o vanguardia de la citada plaga? ¿El predominio del color Verde en su atuendo podría identificarlos como una variante hipertrofiada del temible Pulgón? Y lo que es peor: ¿El líder que les inoculaba una charleta previa al posterior ataque no era la encarnación misma del Pulgoso Mal, metamorfoseado en figura de mediofondista pretaporté? ¿Ein?

Porque vamos a ver: ¿Qué se ha creído esta gente? ¿Qué se les ha perdido aquí? ¿No tenían bastante con victimizar a los vecinos del Manzanares? Además, ¿por qué comen tortilla, siendo jueves? ¿No podían quedarse en su casa o irse a la taberna a tomarse unosss-boteyyine? ¿A qué viene esa manía de cansarse? ¿Por qué resoplan, pudiendo limitarse a chupar como los demás insectos? ¿No sería mejor que se lo pensaran la próxima vez y nos dejaran en paz, que estamos pero que muy a gusto sin que nos molesten personajes de semejante calaña?

Firmado: Pulga del Trillo, Chinche de Antequina, Libélula del Meaques, Mosquito Pinchaojos del Zarzón y de los Caños del Cagigal, Mosca del Vinagre y del Lago, Garrapata de la Puente de Garrapatas, Mosquita Muerta y 327 firmas del colectivo TAPIA (‘Tenemos que Acabar con los Pulgones, que nos Invaden con su Atletismo …de los c…).

 


 

 

II. CORRE, CONEJO.

La tarde estaba como rara, sin acabar de decidirse por el sol o la tormenta. Un poco como el personal, consciente todo el mundo de que falta poco para el verano, pero con el cuerpo como de marzo. Vamos, que la cosa andaba algo fría. Aunque casi mejor, si me pongo a recordar el agobio de 2006 en este diez mil. Ya lo decía Lloz el otro día, y bien que me acuerdo.

Me acuerdo, sobre todo, de la larga subida hasta Somosaguas, con el gran manitú al final de la cuesta, saboreando despacio la agonía que nuestra mala cabeza había dibujado en unos rostros que más parecían calaveras. Claro que, a algunos, y no quiero señalar, la calavera no acaba de abandonarnos: ‘Polvo eres’, que dijo el otro.

Hablando de polvo, se me olvidaba lo del conejo (Josero, no es lo que piensas). Resulta que mi objetivo hoy era subir decentemente la cuesta mencionada, más que nada para lavar aquella afrenta de hace dos veranos. Y claro, no he visto mejor solución que pegarme a la espalda de Serafín y Miguel Ángel, dos garantías donde las haya. Pero una cosa es pensarlo y otra conseguirlo. A falta de seiscientos metros, han abierto un hueco considerable. Y lo que son las cosas: Serafín se ha vuelto y me ha dado un empujón en forma de grito de ánimo. Se lo he agradecido, pero la procesión iba por dentro.

Total, ya metidos en la tapia, me ha vuelto algo de color (por decir algo) a la cara, y he podido entonarme un poco. Pero iba solo. Delante, Malagueta. Detrás, ruido de pisadas como una amenaza inminente. ‘¿Qué hago yo aquí?’, me he preguntado en ese instante. ‘Nada se me ha perdido en este sitio, me duele todo, y mañana me va a doler más. Quiero irme a mi casa’. En fin, lo de siempre.

En esto, una estampa campestre me ha sacado de mi particular atasco: un conejo joven ha saltado por la izquierda y, brinca que te brinca, se ha puesto delante de mis narices. A su rebufo ha saltado un perro lobo, tan poderoso como torpe. Quiere decirse que, a base de saltos en zig-zag, de agilidad y descaro, el conejo ha jugado a placer con su perseguidor, incapaz de cazarlo, no sé si por falta de reflejos o por el apelmazamiento a que le condena una vida supongo que excesivamente cómoda.

Y me he preguntado: ‘Ahora mismo, ¿tú qué eres, conejo o perro?’. Por un lado, todo indicaba que el conejo era Malagueta; por otro, las pisadas que me amenazaban por la espalda me indicaban que el perro venía detrás de mí. ¿Entonces?

He intentado convivir con esa zozobra los tres últimos kilómetros, con esa duda identitaria, ese abismo de personalidad, ese caos metafísico tan común en estos tiempos: ‘¿Quién soy?’.

Y me he quedado sin saberlo. Tampoco los sueños de esta noche me han dado solución alguna. Total, esto de la tapia me confunde. Y encima, no ha descargado la tormenta. Con la ilusión que me hacía llegar al MP envuelto en un rudo fragor de truenos dando caza al dichoso conejo…Mucho me temo que soy un simple perro … apalea’o.

 






III. LA ESTRELLA ERA VENUS

El sol, la sandía, el verano, la tapia,

La gente que queda a las siete los jueves,

Los flacos, las máquinas, los sabios, los jóvenes,

Los que van a saco, las que sudan sangre,

Los que corren sólo por vivir la vida,

Las chicas que suben al podio a menudo, la gloria

Sentada a la vuelta de cualquier esquina

Por arte de magia, por magia de helarte.


Miles en estrella el doce de junio,

aunque afortunadamente (¿desafortunadamente?)

en vez de la estrella furiosa y fugaz

Que toca esta tarde, que puede estrellarse,

Me subo en el bus vestido de fiesta

(‘Junta de accionistas en el banco obrero’:

Las siglas y siglos de la camiseta, según Garabitas)

Para descargarme de todo el veneno, lesiones aparte,

Que me infecta el coco y no me deja casi

Ni mirar el cielo ni beber el aire,

Ajeno al cronómetro y sus malas artes.

 

De modo que la Estrella que ha bajado a vernos

Vestida de gala al final de la tarde

en el Garrapatas, donde se confunden

El cielo y el agua, el puente y el hambre

Que nos alimenta,

Era sólo Venus,

Que andaba anunciando cerca de la fuente

Que viene de  nuevo cargada de frutos

Y de todo eso

Que tanto nos gusta:

El sol, la sandía, el verano, la tapia…

 



 



IV.- YA LO DECÍA FELIPEM

Quienes lleven poco tiempo en este negocio seguramente no sepan quién es Felipem, el personaje central de la escena que viene a continuación. Pues bien, se trata de un incondicional de la Tapia en sus primeras temporadas, además de  un famoso atleta popular que durante muchos años ha sabido dar lo mejor de sí mismo en este deporte. Apasionado hasta la médula, sus encendidas polémicas se han hecho tan legendarias como su rotundo compromiso con el atletismo.

Vaya por delante mi admiración por su trayectoria, por su radical sinceridad y por su indiscutible casta de luchador indomable. Si lee este rollo, espero que lo interprete adecuadamente, es decir, como un modesto homenaje.

NO SE OS PUEDE DEJAR SOLOS…

(Fantasía retrospectiva en un solo acto)

(La acción tiene lugar al comienzo del verano de 2008 en la Casa de Campo madrileña, alrededor de una mesa iluminada por un farol de luz azulona. Un grupo de corredores charlan amigablemente mientras van dando buena cuenta de la merendola que se han ganado subiendo cuestas a destajo en el citado parque a última hora de la tarde. A un lado de la escena, un vigilante jurado del Parque de Atracciones observa con cierta curiosidad a los reunidos. Corre con alegría la cerveza, lo que sin duda explica el tono apasionado de las conversaciones. En primer término, brilla con luz propia el Gran Felipem (GF), una figura mítica entre la concurrencia. Mientras sube el telón, lo vemos en animada charla con el Típico Corredor (TC). Muy cerca de ellos, Yudus y Carlitos-guay, curtidos en mil carreras, y de vuelta ya de muchas aventuras, siguen con desigual interés la conversación de los otros dos).

TC. Hoy sí que ha sido una sesión para guardar en la memoria. Se ve que, con el paso de las semanas, la gente va cogiendo forma. Vamos, los cambios de dos minutos han sido de lo mejorcito de la Tapia de este año; y el dos mil, no veas. Y eso que ha hecho un calor agobiante…

GF.-Vale, tío, tú sabrás lo que dices. Para empezar, tienes ya la gente que, de entrada, no ha venido. A ver por qué un tío como Porfirio se raja precisamente hoy: va y dice que se ha medio roto un brazo con la bici. Dice él, que yo no lo he visto. Lo mismo es que no le gusta el calor, o las cuestas, y se inventa el rollo de la bici para no venir y, encima, hacerse la víctima. ¡Vamos, anda, chaval! O el Malagueta, que se disculpa diciendo que no viene porque está de vacaciones. ¡Porque está de vacaciones, el tío! ¡Jo-der! Pues por eso mismo tienes que venir, ¡so lila!

TC. Pero no me negarás que los que han venido se han batido el cobre…

GF.- El culo es lo que se han batido, porque otra cosa… Por lo que yo he visto, el noventa por ciento de los que han hecho hoy los cambios (o que dicen que los han hecho) están mintiendo, descarao; o mejor dicho, mienten y se engañan. Más que cambios han hecho el paseíllo, en plan José Tomás. Y del dos mil final, pues qué quieres que te diga, la mayoría ni lo ha olido. Bueno, por oler-oler, a lo que olía era a cadaverina ya en el primer kilómetro; el tufo a muerto apestaba en doscientos metros a la redonda. Y de remate, el final en cuesta. Me quedé por allí para verles subir. Y era grotesco, por decirlo fino. Más vale que no se entere Lloz, porque le da el telele. ¡Vaya pantomima!

TC.- Hombre, no sé, que el noventa por ciento hayan corrido hoy con el culo  me parece algo exagerado, la verdad…

GF.- ¿Qué yo exagero? Vamos, no me jodas ¿Me vas a decir que se han dejado los pulmones en el dos mil final? Venga, hombre. ¿Quién, el ‘Pavo’ ese, o como se llame el cursi ese de las poesías?

TC.- ¿Jabo?

GF.- O como se llame el capullo ese. Un tío que cuando no se queja de esto se inventa lo otro: la rodillita, el gemelito… ¡Una mierda! Si vienes a correr, pues corres. Si te duele, te jodes, te callas  y a correr. Y si no, pues te quedas en casita, y no vienes aquí a contar el rollito de las estrellas y el paisajito y chorradas. Y como ese, la mayoría, que han descafeinado la Tapia y la han convertido en una excursión de ursulinas. Aquí, quitando el bus (que no engaña a nadie y cumple con lo suyo) y otros tres o cuatro que tienen lo que hay que tener, los demás son una mierda, te lo digo yo.

TC. No digo que no haya alguno que le eche cuento, pero tantos…

GF.- ¿Que no? Y me estoy quedando corto. Espera a que saque las fotos el Garabitas y verás el careto que tienen de haber ido toda la tarde de paseo. A ver si tienes entonces los huevos de negármelo…

TC.- Si yo no digo que la gente vaya siempre a muerte, pero tú mismo escribiste la semana pasada en el foro…

GF.- ¿¡Que yo he escrito qué!? Vamos, no me jodas. Léetelo bien, porque o no lo has leído o no lo entiendes o no te da la gana entenderlo. Lo que yo he dicho es que hay mucha gente que se tira el rollo, y bla-bla-bla, y luego no corre una  mierda.

TC.- Bueno, es que a lo mejor no todos tenemos las mismas condiciones ni la misma naturaleza…

GF.- Si yo no digo eso, tío, no me cambies el rollo, que se puede ir a tres minutos o a cinco, y oye, yo no entro en eso, que se puede ir a cinco y echarle huevos. Pero lo que no admito es que un tío vaya tocándose las pelotas en plan mariquita y luego te venga hablando de que en la carrera tal se vació y no sé qué. Se vació la polla, en todo caso, o el cerebro, que lo tenía ya vacío cuando nació, no te jode…Y eso lo he visto yo aquí esta tarde, en ese dos mil, con estos ojitos que se ha de comer la tierra.

TC.- Pues no sé, a lo mejor es que el nivel de exigencia de cada uno…

GF.- ¡Si es a lo que voy! Para que veas la diferencia: me acuerdo yo de una de mis primeras carreras en el verano del 73 en Cacabelos, ahí por la parte de Ponferrada... Éramos cuatro corredores, a saber: la cabra de un paisano, mi prima Rosi, el hijo del alguacil del pueblo y yo; y joder, había nivel, o por lo menos había gente que se dejaba los huevos corriendo. Y sin ostias del trofeíto ni la camisetita ni los regalitos, que es una puta mierda la mitad de las veces…

TC.- En eso tienes razón…

GF.- ¡En eso y en todo! Lo que te decía, una carrera que se hizo por un barranco lleno de piedras, de noche y por el morro, por el puto morro. La cabra se había escapado del rebaño, y había que ordeñarla, tío, había que ordeñarla pero ya. Allí que íbamos la maldita la cabra, mi prima, el Toñín y yo a toda ostia dejándonos los cuernos, sin público ni medallas ni mariconadas, por el puro interés de perseguir al bicho. Eso era correr, y no los desfiles de modelos que se ven ahora.

TC.- Viéndolo así…

GF.- Es que no hay otra forma de verlo. Yo qué sé, si es que me sobran ejemplos. En Sevilla, sin ir más lejos, con la mascarada esa de maratón, que no les interesa un pijo. ¿Qué cojones hace esa ciudad organizando un maratón si lo único que les levanta de la siesta es el Curro Romero, o el Cayetano ese de las pelotas, y la Macarena…? ¡Pues a tomar por culo el maratón de ahí! ¿A qué pollas va la gente, entonces? Pues te lo digo yo: a la pijada de la marquita, porque en Sevilla se puede bajar dos minutos, no te jode... Mira, tío, te dejas de ostias y te pones a entrenar de verdad. Y cuando lleves cuatro meses doblando a diario, con 140km a la semana, y descansando medio día cada quincena…Vamos, cuando de verdad te pongas a preparar un maratón, en vez de estar mirándote en el espejito con el modelito y la marquita de camiseta y el musculito de no sé qué, pues entonces nos ponemos a hablar. Pero irse a Sevilla para bajar de 3h46 a 3h44, sin entrenar, lo que se dice entrenar, pues no me vale, es una puta mierda, y punto.

TC.- Ya, pero eso a lo mejor la gente no lo sabe…

GF.- ¡Pues me suda la pooooya, tío! Que se dediquen a ver la tele o a jugar al póker, pero que no me hablen de maratón, porque el maratón no es eso. Maratón es lo que hicimos mi hermano y yo aquí en Madrid al poco de cumplir 18 años, en el 82. Una hora antes de la carrera, nos cepillamos un kilo de galletas con medio litro de leche, te lo juro, para coger fuerzas. No te cuento lo que pasó en el km18... Vale, no teníamos ni puta idea de alimentación, tío, pero teníamos muy claro que había que salir a morirse en la carrera, y acabamos muriéndonos, aunque fuera de retortijones y de cagalera. Pero a lo que voy, ese mapoma era un desafío para nosotros, y cumplimos con la ley del maratón. Cometí un montón de errores, vale, pero fui tan cabal maratoniano como seis años más tarde, en el 88, cuando acabé en 2h36. Y lo que te digo, hoy te vienen cuatro juláis, que no corren ni las cortinas de su casa, y te dan un curso acelerado de alimentación macrobiótica para el corredor y su puta madre, no sé qué, y luego las muy mariconas se van de la carrera en el km7 porque les ha salido una ampollita en el dedito. ¡A mamarla, tío!

TC.- Hombre, eso…

GF.- ¡Eso y todo! Que lo que hay es mucho figurita y mucho payaso en esto.

TC.- Ya…

GF.- Y encima, que se lo creen.

TC.- Claro

GF.- Lo que yo te diga…

TC.- Sí.

GF.- ¿O no?

TC.- Eh…

GF.- ¿Que qué dices, panoli?

TC.- Eh...

(…)

(…)

TC.- Yo…

GF.- Sí, hombre, sí; tú, pasmao…

TC.- Yo…

GF.- ¡Joder, qué fauna! Anda, Yudus, saca otra cerveza; y pásale el botijo a éste, a ver si se le aclara el coco…

(Poco a poco, la escena se ha ido vaciando. Sólo quedan los irreductibles, que seguramente no tendrán que madrugar al día siguiente. Con el cansancio de la carrera reflejado en el rostro, Yudus se levanta lentamente y se acerca hasta el extremo de la escena donde Felipem sigue dando rienda suelta a su visceral discurso).

YUDUS.- Venga, Felipe, tío, deja ya de darle la vara al vigilante, que además no te está escuchando. Despierta a Carlitros y vámonos a casa, que son las dos de la mañana, y a mí esta noche la parienta me mata…

(Felipem le sacude ligeramente el hombro a Carlitros, lo despierta y coge el farol que cuelga de un roble centenario. Los tres amigos se despiden del vigilante con un gesto cordial y, paso a paso, se dirigen hacia el coche mientras, muy lentamente…)


CAE EL TELÓN

 













V.- ¿Dónde estuviste todo ese tiempo?

Hay momentos en la vida que marcan una frontera definitiva, acontecimientos que suponen el ser o no ser de un pueblo, una familia o una banda de atracadores. Hay circunstancias en las que no queda más remedio que decidir, y esa decisión determina para siempre el carácter y el perfil de un individuo.

Vale, me llamo Eduardo Villena Lozano y me gusta correr. Hoy he ido a la Tapia por primera vez. Éramos muchos. Exactamente 34.

Conocido es lo de Pilatos con la jofaina y la toalla o lo de César en el Rubicón; lo de Homer Simpson a punto de caer en brazos de una rubia despampanante o lo de Mariana Pineda cosiendo la enseña de la libertad; también lo de Pizarro (el de Endesa, no; el otro) y lo de Mastroiani, que prefirió una tarde con la Loren en lugar de un acto a mayor gloria del Duce. Eso por no hablar de Susana, que acabó subiéndose a la moto del mastuerzo de Fernando ‘el Zurdo’, y se olvidó para siempre de mi vieja bicicleta (y de mí, por descontado).

Qué hacer. Adónde ir.

Me llamo Eduardo Villena Lozano, ya digo. Y tal vez debería aclarar que en ocasiones prefiero la soledad del asesino (o la soledad del corredor de fondo, da lo mismo) a la multitudinaria combustión de una masa sin identidad. Uno de nosotros (una, para ser exactos) se hace llamar ‘Killer’, y hoy ha conocido el sabor de la sangre en el ‘Puente de la Muerte’, cerca del Cagigal.

Por cierto, hoy es veintiséis de junio, día de san Pelayo, para más inri, un tipo legendario tan asturiano como Villa. Quiero decir, un villano tan legendario como... O no…Creo que me estoy haciendo un lío. Yo mismo soy también villano, o Villena. No sé…

¡Ah!, también podría ser futbolista ruso, llamarme Andrei Arshavin y cobrar un millón esta noche en caso de ganar; o beberme una botella de güiski con el beneplácito de Hiddink para ‘procesar la tensión’. Pero desgraciadamente no tengo más nombre que Eduardo Villena Lozano, y nunca bebo después de hacerlo (no daré más pistas).

Quizá sólo se trate de batir un récord: diecisiete millones al otro lado de la pantalla; la inmensa mayoría, gente que no distingue entre un lateral que desborda por la banda y un centrocampista de cierre que en ocasiones intercambia su posición con los centrales o bascula hacia las bandas abriendo pasillos de seguridad, porque ese es el concepto-clave de míster Zapatones.

Ya digo, soy Villena Lozano (Eduardo), y no sé por qué asocio las judías con almejas (mi plato favorito) a las grandes tardes deportivas. Al circo, sin embargo, dejé de ir cuando me enteré de que el tragasables le pegaba una paliza diaria a su hija, una trapecista tan flexible como melancólica.

En ocasiones, es muy reconfortante disolverse en un grupo de tipos anónimos que suben por la carretera del teleférico en una tarde de junio, y ahogarse de calor.

Me pusieron de nombre Eduardo (Villena Lozano). Siempre me he llamado así. Pero mis amigos dicen que desde lo de Susana estoy un poco raro. No seré yo quien lo niegue. Sin embargo, ya ves, esta tarde me he cruzado con ella en el cerro Garabitas. Por lo visto se cansó del ‘Zurdo’. Y también a ella le ha dado por correr. Total, que hemos llegado a casa a las diez en punto, y por tres veces he visto a Susana entrar hasta el fondo de las mallas. Quiero decir, hasta tres veces he resbalado bajo las mallas de Susana hasta explotar de gozo. Bueno, exactamente no sé cómo ha sido, pero me ha parecido que los rusos estaban algo mustios.

 

 

 


 

 

 

 

 

VI. VOCABULARIO VERANIEGO

Espiga.- Del lat. spica.

Inflorescencia cuyas flores son hermafroditas y están sentadas a lo largo de un eje; como en el llantén.

Uno asocia la espiga al trabajo, y más aún al esfuerzo que finalmente se resuelve en pobreza y anonimato. Digamos que uno viene de tierras duras y de tiempos en los que sobrevivir con un mínimo de dignidad era una meta de superhéroes, porque lo normal era la penuria y el temor permanente a que el invierno se alargara y las reservas se consumieran antes de que la nieve se hubiera derretido del todo. Por eso la siega del centeno y la cebada, a pesar de ser tarea penosa (polvo, sudor y hoces como dentaduras de ancestral ferocidad) se convertía en un orgulloso desafío contra la amenaza del invierno y sus rigores.

Vale, esta tarde se me llenaron las zapatillas de espigas. En cierto modo, recuperé la memoria del muchacho de ocho años que llevaba la comida a los segadores en una cesta de mimbre. La mayor preocupación era que no se derramara del perol el guiso de patatas con arroz y bacalao, que tanto les gustaba. Había que llevar aquella cesta a cinco o seis kilómetros del pueblo, pero merecía la pena, porque a cambio uno podía ver a aquellos artistas, maestros absolutos en el arte de segar: todo pulso, economía de esfuerzo y resistencia al cansancio.

Por eso digo que los cambios de hoy, a pesar de la dureza, me rejuvenecieron; mejor dicho, me devolvieron por un rato a mi patria; quiero decir, al paraíso de la infancia.

Trillo.- Del lat. tribulum.

1. Instrumento para trillar, que comúnmente consiste en un tablón con pedazos de pedernal o cuchillas de acero encajadas en una de sus caras.

2. Can. y Amér. Senda formada comúnmente por el tránsito.

Uno no es canario ni americano, si bien la segunda acepción vendría de perlas para cerrar la crónica; por lo de ‘senda’, digo. Pero como estoy nostálgico, prefiero la primera. Y lo digo porque subirse en el trillo (tirado por un burro, o por dos, o por un burro y un mulo, depende) y pasarse horas y horas dando vueltas a la parva para desgranar las ‘espigas’ venía a ser la mayor aventura imaginable. No hay ni puede haber desplazamiento en ‘ave’ o en avión comparable a aquellos viajes infinitos que iban de la nada a la nada pasando por todas las galaxias en un círculo de apenas ocho metros de diámetro.

Por eso la bajada hasta la glorieta del Trillo me ha devuelto el tono y el ánimo. Andaba uno un poco desganado esta tarde, pero entre pitos y flautas ese regreso al ‘viaje infinito’ (‘estímulo eficaz’) me ha ido dando un poco de aire para el tramo final.

Orgullo.- Del cat. orgull.

1.     m. Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.

Que sea voz catalana quizá no importe mucho. Lo importante es que el ‘orgullo’ nazca ‘de causas nobles y virtuosas’. Se habló en el post de la fiesta del próximo fin de semana, y se dijeron cosas de diverso signo acerca del colectivo gay. Hasta donde se me alcanza, razones hay para mostrar ese ‘exceso de estimación propia’ de que habla el diccionario: en mis tiempos, cuando a mí me traían loco las chicas en minifalda, allá por el año 69, a los maricas de Mallorca (que ya recibía toneladas de turistas) las autoridades les afeitaban la ceja izquierda para que todo el mundo supiera de qué pie cojeaban. Decía Javi esta tarde: ‘yo los respeto, pero no los comprendo’. Creo que va siendo el momento de conceder a nuestro ilustre amigo el título de Filósofo oficial de la Tapia. Porque ‘respetar lo que se comprende’ no tiene mayor mérito.

Sandía.- Del ár. sindiyya, propia o perteneciente al Sind de Pakistán.

1.     f. Planta herbácea anual, de la familia de las cucurbitáceas, con tallo velloso, flexible, rastrero, de tres a cuatro metros de largo, hojas partidas en segmentos redondeados y de color verde oscuro; flores amarillas, fruto casi esférico, tan grande, que a veces pesa 20 kilogramos, de corteza verde uniforme o jaspeada y pulpa encarnada, granujienta, aguanosa y dulce, entre la que se encuentran, formando líneas concéntricas, muchas pepitas negras y aplastadas. Es planta muy cultivada en España.

Aparte del origen árabe (todo lo que me gusta es caro, está prohibido o engorda, que decía el otro) me interesa esto de la ‘pulpa granujienta’, más que nada porque se habló mucho esta noche en el post acerca de las propiedades ‘granujientas’ de la sandía. Nuestro bienamado líder (Lloz) tuvo a bien ofrecerme una buena raja (‘pedazo que se corta a lo largo o a lo ancho de un fruto o de algunos otros comestibles, como melón, sandía o queso’), seguramente porque me ve algo mustio y desmejorado, como falto de… ‘vitalidad’. Pues bien, he de decir que, hasta este momento (son las 00:58) ‘ná de ná’. No sé si a Pianista le habrá ido mejor. Quedo a la espera.

 

 




 

VII.- Incremento progresivo de la ‘carga’

Ya la propia expresión (‘Incremento progresivo de la carga’) auguraba negros nubarrones. Porque si bien los términos ‘incremento’ y ‘progresivo’ eran palabras que le hacían soñar a uno con plusvalías y suculentas ganancias, con aumentos de sueldo e insólitas aventuras amorosas de un pasado remoto, lo de la ‘carga’, ya digo, me daba mala espina.
Por ir haciéndome a la idea, a eso del mediodía, y a la espera de la explicación que por la tarde habría de darnos nuestro amado líder, decidí echarle un vistazo al diccionario, por ver si me aclaraba las dudas. Como me había supuesto, el asunto olía a cuerno quemado. Así luego vino lo que vino.

“Carga”.

1. Cosa transportada a hombros, a lomo, o en cualquier vehículo.


Vehículono había, eso estaba claro; y menos aúnlomo’, salvo que quisieras subirte a la chepa de Lucas o a la de Míchel, que son gente con las espaldas bien anchas. Pero tampoco era cosa de abusar, de modo que cada quien tuvo que ‘cargar’ con lo suyo. Y mientras íbamos a la sombra y por lo llano, bueno. Pero luego


2. Cantidad de sustancia explosiva que se pone en un arma de fuego, en una mina, en un barreno, etc.

Ya me lo habían advertido: “Si quieres correr de veras, tienes que alimentarte consustancia’. Nada de dietas al uso: comida-comida”. Dicho y hecho; nada más levantarme de la siesta, abrí la nevera y me puse manos a la obra: que si media docenita de croquetas para ir abriendo boca, las magras con tomate de todos los sanfermines, mi ración de torreznos bien tostados, choricitos fritos con toda su pringue… Y de remate, cuatro helados de nata y fresa, más que nada para desengrasar. Vamos, lo normal en estos casos.

Con semejante verbena en mi interior, llegué a La Tapia henchido de gozo; porque de lo que se trataba, precisamente, era deexplotar’, según el diccionario. Y es que yo, la verdad, entre seguir las recomendaciones de un buen manual o hacer caso de lo primero que se le pueda ocurrir a Lloz debajo de una encina (sobre todo si está de mal humor, porque no haya dormido la siesta o lo que sea), pues oye, qué quieres que te diga, me quedo con la Academia.

3. Repuesto del depósito o chasis de un utensilio o aparato cuyo contenido se agota periódicamente.

Ya durante la charla empecé a sentirme raro (de hecho, apenas me enteré de nada, para variar) y en los primeros kms hice lo posible por mantener el tipo; ahora bien, en cuanto dio comienzo la endiablada cuesta, mi sensible estómago experimentó súbitamente un vaciado total (no voy a dar detalles, por guardar el decoro).Agotado, pues, y sin ‘repuesto’ alguno con el que remediar el vacío, me puse a buscar con ansia un surtidor, una manguera, cualquier resorte al que enchufarme, por la cosa de ‘recargar periódicamente’ y recobrar algo de fuerza (y un mínimo de compostura). Pero no hubo forma: por allí no manaba fuente alguna (o al menos yo no la vi, aunque luego Ana me dijo que sí que había), y era ocioso pensar en una nevera como la de marras, con torreznos o sin ellos. Así que me arrastré mientras pude a rebufo de Porfirio durante los 2km de ascenso, y llegué arriba alucinado y solo, en el merochasis’. ¡Qué bochorno, madre mía!

4. Impuesto, tributo, cualquier gravamen ligado a una propiedad o a un estado y al uso que de estos se hace.

Agonizante como iba, con esa extraña lucidez que confiere la vecindad de la muerte, me lo barrunté: “Lo mismo todo este carnaval es un montaje de la cúpula tapiera para cobrarnos un impuesto o ‘carga’ extra por cruzar la ‘propiedad’ o cerro de Garabitas, paso obligado hacia el más allá”. Conforme me iba disolviendo entre el sudor y los vehementes vahídos de la agonía, lo vi con claridad: aquí había pasta por medio, pero que mucha pasta. Si, como decía el diccionario, de lo que se trataba era de cobrar un plus ‘ligado a un estado’ (el de ‘muerte clínica’, para ser exactos), lo de hoy era un filón inagotable, dado el desfile de cadáveres que iba coronando el mencionado cerro. Suficiente para salir zumbando con la pastizara a Las Bahamas y desaparecer de La Tapia un par de jueves. Por cierto, ¿dónde andaba el famoso Garabitas, justamente el día de ‘su’ cerro y de ‘su’ carretera? O dicho de otro modo, ¿cuál es el número de su cuenta en Suiza?

5. Embestida o ataque resuelto al enemigo.

Así y todo, ya más muerto que vivo, humillado por el insidioso impuesto y decidido a descargar lo antes posible toda la mala baba acumulada, me dije, en plan sanferminero, nuevamente: “Tengo como ganas de ‘embestir o atacar con resolución’. Lo que no sé es a quién”. Así que miré en derredor en busca de una víctima propicia, y divisé en lontananza a Javi, que según me pareció, mantenía una fuerte polémica con Serafín. Como quien no quiere la cosa, y aprovechando la bajadita, fui reduciendo la distancia que me separaba de ambos, hasta ponerme a su espalda.

6. Reprensión áspera y fuerte.

-¡Me-cagon-to’s-tus-muertos, cacho mamón! –mascullaba entre dientes nuestro querido Javi, cuando llegué a su altura-. A ver por qué tu lógica racional tiene que proporcionar a tus piernas más velocidad de la que confieren a las mías mis creencias atávicas, ¿eh?

Y no conforme con el exabrupto, le lanzó un puñetazo, justo en el momento en que pasaba mi menda, a resultas de lo cual me puse a sangrar por las narices como un gorrino.

-Qué quieres, majo, las carreras son así -le respondió con su característica arrogancia el sabio Serafín-. Unas veces se pierde y otras…también. Sobre todo si pone uno sus fuerzas en manos del Absurdo Omnipotente. Más te valdría, en lugar de invocar a fuerzas irracionales, instalarte unas semanas, por ejemplo, en Tenerife y subirte un puertecillo de 18km tres veces al día. A lo mejor con eso se te arreglaba el cuerpo… y lo demás.

-Pues que sepas –le ‘reprendió áspera y fuertemente’ Javi- que, aunque tú no lo creas, tienes muy poquita educación, pero que muy poquita. Y lo que más siento es haberle reventado las narices a esa pobre criatura (o sea, yo) cuando lo que pretendía era darte un escarmiento. Ahora que…al infierno vas. Eso seguro. Por soberbio.

Y así siguieron enzarzados cuesta abajo, mientras la hemorragia seguía sin dar señales de contención


7. Bizma o emplasto para las caballerías, compuesta de harina, clara de huevo, ceniza y bol arménico, todo batido con la sangre del mismo animal.

Llegado que hube al MP, busqué la forma de recomponer en lo posible mis maltrechas piltrafas musculares, y antes de nada las napias, para lo cual hube de recurrir al famosoemplasto’. Recordé a tal efecto el bálsamo de Fierabrás. Y lo recordé porque, días antes, el propio Garabitas había tenido a bien insertar en el foro una imagen en la que aparecíamos Lloz y un servidor caracterizados como dúo cervantino, en alusión a la anunciada charla del jefe acerca del asunto de marras, uséase, el ‘incremento progresivo de eso’.

De este modo, con la ‘ceniza’ del ‘cuerno quemado’ que me colgaba de la frente ya desde el mediodía (véase el segundo párrafo de este rollo), más un puñado de tierra del arroyo Meaques (digno sucedáneo del ‘bol armenio’), una ‘clara de huevo’ de urraca que cogí de una encina, una pizca deharina’, que se había derramado en el maletero dos días antes viniendo del correfur, y un hilillo ‘de la propia sangre’ que seguía escurriendo de mi triste boniato tumefacto, digo, con todos los ingredientes bien ‘batidos’, hice una plasta (decir ‘emplasto’ sería innecesario adorno) de consistencia media-baja que me apliqué sutilmente en las partes dañadas, pero sobre todo allí donde más escocía, es decir, en lo más profundo de mi orgullo atlético, hoy una vez más vapuleado por los elementos.

(…)

Y lo que son las cosas, el fino ungüento acabó obrando el milagro, de tal modo que, al cabo de unos diez minutos, mi maltrecho cuerpo comenzó a salir del estado en que se hallaba, y poco a poco me dispuse a hincarle el diente a la estival merienda tapiera. Primero fue un poco de melón, para tentar la suerte. Pero como vi enseguida que el buche no sólo aguantaba el envite sino que demandaba algo más sólido, me fui atreviendo con la tortilla y la empanada, la ensalada y el lomo, los frutos secos, las cerezas, el bizcocho y cuanta maravilla fue apareciendo-desapareciendo (construcción=destrucción) sobre la mesa. Más que nada, por aquello de ‘reponer el depósito’ e ‘incrementar progresivamente la carga’.




 

VIII.- Objetivo ‘Garabitas’


Corren los primeros días de noviembre de 1936. Las tropas de ‘èlite’ del general Lloz, avanzando desde Sevilla a razón de 15k diarios (con los descansos necesarios para refrescar a sus batallones y fusilar con su mirada de águila a montones de fondistas andaluces y extremeños, por la cosa de no dejar lastre en la retaguardia), se han plantado a las puertas de Madrid, una ciudad que no acaba de creerse los avisos del peligro inminente.

Tanto es así, que los madrileños siguen llenando bares y cines, en lugar de reforzar los entrenamientos para llegar en plena forma a la jornada épica que se avecina. La evidencia del peligro la corrobora la (vergonzosa) huida del gabinete técnico del equipo madrileño, que prefiere las playas de Valencia a los rigores del noviembre mesetario.

Así pues, desordenadas columnas de milicianos preparan la defensa deportiva de la capital, a cuyos arrabales están llegando los primeros batallones de mediofondistas ‘regulares’, duramente entrenados en las montañas del Rif por el coronel Palacios y el comandante Matraco.

En el interior, sólo la pericia del coronel Rojo (digo… ‘Delgado’) es capaz de poner  coto al caos general. Auxiliado por la comandante Killer y los capitanes Txamo y Txunda, en sólo dos días (con sus noches) ha logrado diseñar un plan de defensa del que no espera gran cosa, pero de cuyo éxito depende la marcha del campeonato. Sin embargo, carece de la información necesaria para resolver las decisiones finales; en concreto, ignora el punto por el que habrá de realizarse el ataque definitivo.

Todo hace pensar que la penetración se hará desde Carabanchel, si bien el temor a una resistencia numantina casa por casa supone un contratiempo que tiene que haber considerado el general Lloz. En la noche del cinco de noviembre, el coronel Delgado da vueltas y más vueltas en su despacho, intentando adivinar la estrategia de su rival. Si logra descifrar el enigma, habrá demostrado al mundo que Madrid es invulnerable al ataque de los medifondistas magrebíes.

Sabido es que el azar siempre interviene en este tipo de eventos. Y ésta no iba a ser una ocasión distinta, así que, tras el ataque a un ‘tanque’ rebelde, un grupo de maratonianos registra el cadáver del teniente Grillo, oficial al mando. En uno de los bolsillos de su guerrera aparece la orden de operaciones del general Lloz:

Ascenderemos por una vereda estrecha al lado de la fuente que hay junto a la carretera, una subida de unos 250 metros. Luego bajaremos por un cortafuegos recién arado. De ahí treparemos al Cerro Morán, unos 150 metros que se hacen largos porque es mucha la inclinación. Arriba haremos un círculo por un camino de bajada para volver casi al inicio, desde donde giraremos a la izquierda para cruzar la carretera de Garabitas y ascender, de nuevo en pendiente, al otro lado, llegando casi hasta el mirador del estanque. En la bajada de la cuesta del general Feísimo, giraremos a la izquierda antes de llegar a la base de la cuesta del Cross Universitario, de unos 200 metros, desde donde llegaremos sin pausa hasta la plataforma del Cerro Garabitas, objetivo definitivo para situar las baterías y bombardear la ciudad con nuestros invencibles mediofondistas hasta que no quede en ella un solo maratoniano.

¿Llegará la orden de operaciones al despacho del coronel Delgado a tiempo de detener el ataque? ¿Logrará imponer el general Lloz su perversa ideología mediofondista en una ciudad tradicionalmente maratoniana? ¿Quedará demostrado de una vez por todas que el comandante Matraco se ha equivocado de bando? ¿Aceptará el orgulloso capitán Txunda que una mujer le dé órdenes en combate?

Y lo que es más importante: ¿será capaz el Bus de aguantarse la risa cuando les vea a todos ellos aparecer por el cerro Garabitas con cara de estar haciendo algo tan sumamente importante como es machacarse… pa’ na’?

 

 




 

IX. DEL BOSQUE

Como hoy no puedo meterme con los jefes, hablaré sólo del bosque.

Ya el martes aparecieron los dimes y diretes acerca del dichoso bosque. Y quedó bien clarito que mide lo que mide; es más, que este bosque nuestro es ‘in-menso’, es decir, ‘no-mensurable’, ‘no-medible’, ilimitado, eterno e incontable, por más que haya quien se empeñe en llenarlo de tablas, placas, carteles, señales o hitos ahítos de numerillos.

Quienes lo hacen (el intento de medirlo, digo) son gente desconsiderada, esbirros al servicio de fuerzas malignas que quieren clasificarlo todo, porque para ellos todo tiene precio y todo es convertible a números y reglas y fórmulas precisas.

Y eso no puede ser.  

Empezaré desde el principio, o casi.

Para los celtas el bosque es un verdadero santuario en estado natural. El árbol no es más que un lazo entre la tierra y la bóveda del cielo que casi alcanza con su copa.

Lo que no sabemos con certeza es si la copa es la que uno esperaba o si se trata de una copa de RIOJA; pero bueno, esto que lo interprete cada quien como mejor le venga.

El bosque constituye la cabellera de la montaña, lo que le permite provocar la lluvia. En la India, los ascetas se retiran al bosque con el fin de solicitar la lluvia y purificarse.

Cabelleras, cabellereas… se me ocurren varias, aunque hoy no estuvieron: la de Nervios, la de Emiliocomunero, la de Maxi … lo justo para provocar una fina lluvia fertilizadora.

 Pero también el bosque tiene un carácter misterioso y devorador (‘Los árboles son mandíbulas que roen //  las entrañas de los seres esparcidos en el aire suave y vivo. // Son sus aliados la noche y la muerte…’).

Y tanto: a mí esta tarde algo me devoraba las entrañas a falta de 500 metros. Lo peor fue que incluso tuve que añadir los dichosos 100m hasta la papelera amarilla. ¿Pero por qué, señor? ¿No bastaba con la recta final?

Por todo ello, el bosque genera angustia y serenidad, opresión y simpatía. Menos abierto que la montaña, menos fluido que el mar, menos sutil que el aire, menos árido que el desierto y menos oscuro que la gruta, pero cerrado, arraigado, silencioso, sombrío, desnudo y múltiple, secreto.

Lo de ‘desnudo y múltiple’ así todo junto no acabo de verlo. Vamos que… si ponemos ahí en medio a Malagueta desnudo vestido solamente con un casco pues … es Malagueta, pero único, y no múltiple. Otra cosa es que apareciera desnudo por allí… no sé yo… por ejemplo... todo el harén de Guille. Eso ya sería otra cosa, más bien múltiple.

Desde otra perspectiva, el bosque representa las fuerzas incontrolables. Los terrores del bosque están inspirados en el temor a las revelaciones de lo inconsciente.

Si el inconsciente hablara, madre mía, la que se iba a armar. Si, qué sé yo, a Palacios o a Bruguera les diera por hablar sin pelos en la lengua acerca de lo lentos que somos la mayoría de nosotros…

En numerosas religiones, el bosque es el espacio del templo sagrado, centro de la vida y reserva de agua y calor asociados, una suerte de matriz universal.

Lo que me faltaba, una ‘matriz’ universal, o sea, un cachivache en el que cupieran todos los bebés a un tiempo, una guardería global. Esto ya me sobrepasa, la verdad, y juro que sólo he tomado una mahou.

En esa misma línea, constituye el bosque una fuerza maternal, fuente de regeneración; y así aparece en los sueños, como símbolo de seguridad y renovación.

Pues yo cuando sueño con el bosque ni me renuevo ni nada. Me renuevo (por dentro) con el Bio de Danone o con el Activia, pero si sueño con el bosque como que me canso mucho, y nada más.

En suma, es el bosque una inagotable reserva de vida y de misterio.

¿Comprendéis, ahora, criaturas/os, por qué las series en el bosque nos salen más rápidas que en la pista?

 

 







X. UN TIPO CON PRINCIPIOS

Lo que yo no entiendo es cómo se puede preparar una batería de sesiones teóricas acerca de los principio básicos de la cosa para que al final salgan nueve sesiones, un número que apenas dice nada. Porque digo yo: ¿no se podía haber inventado nuestro amado líder una sesión más para el próximo jueves, o sea, la décima, que bajo el título de, por ejemplo, ‘la retroactividad de la carga versátil reinterpretada desde la perspectiva de la supercompensación anaeróbica’ supusiera un espléndido cierre de temporada que incluso yo mismo habría sido capaz de comprender (a medias)?

No acabo de entenderlo, ya digo. Por eso, desde este púlpito virtual me permito la osadía de proponer a nuestro gran maestro ocho posibles temas para que elija el que más le convenga y nos lo exponga dentro de una semana. Cada uno de ellos remite a una anécdota personal, recogida esta tarde en el lugar del crimen, sin otra función que la de ilustrar un principio básico para la formación permanente de cualquier atleta (o lo que sea). Por supuesto, detrás de cada caso hay un nombre propio, que tendréis que adivinar, claro está. Y pobre de quien no saque más de un siete en esta particular versión de las famosas tablas húngaras.

1.     (NURIA-AGUAMARINA) ‘Principio de la superación permanente’. No es sólo que arranque en el cuatrocientos como un relámpago en tarde de tormenta, sin racanear esfuerzo, sin medir las consecuencias ni prevenir el dolor del láctico; es que además pone todo el entusiasmo en la sabrosa masa de las croquetas, elaboradas a base de horas arrebatadas a la charla y el descanso. Si a ello le sumas la fuerza necesaria para sobreponerse al dolor de una reciente pérdida familiar, dime si no estamos ante la esencia de la superación.

2.     ANGELYMABEL  ‘Principio de la ansiedad estimulante’. Aunque no lo parezca, está a punto de ser padre por tercera vez. Tan a punto que esta tarde llevaba el móvil encima por si llegaba el aviso de la buena nueva. Y tanta era la ansiedad por solventar la cuestión que corrió el cuatrocientos definitivo como un obús.

3.     BRUGUERA  ‘Principio del consuelo gastronómico’. Acostumbrado a ser persona discreta, sólo se hace notar cuando hay que correr de veras. Luego, cuando todo acaba, suele exhibir una sonrisa permanente que ilustra su torrencial conversación, tan natural como reconfortante. Pero hoy no era el caso: un insidioso dolor en el costado le ha tenido esta semana medio renqueante, cosa que podría enturbiar su próximo objetivo en la media maratón. Se le notaba la preocupación en la voracidad con que abordaba los canapés. Pero apenas despegó los labios. Eso sí, sus higos siguen siendo una de las claves del éxito de la Tapia.

4.     ROBERALVA  ‘Principio de la modestia euforizante’. Organizó su equipo como quien se ve forzado a demostrar que una y una son dos. Vamos, que, siendo el mejor la concurrencia, cuando tuvo que hacer su posta llevaba un lastre de cien metros con respecto al penúltimo clasificado. Su brillante galopada cuesta arriba, a la caza y captura de los que le precedían, fue un espectáculo de los que no se borran fácilmente de la memoria.

5.     RAÚL-TXAMO ‘Principio de la (sana) rivalidad fraterna’. Ha venido pocas veces este verano. No así su hermano, que ha sido casi un fijo desde mayo. Pero es que, claro, no hay color: ya se sabe que lo bueno suele ser breve, y todo eso. Y no lo digo por la calidad humana, no, o por los ritmos o no-ritmos de carrera, de ningún modo. Me refiero, se puede suponer, a la cuestión tapera. Quiero decir, a las tapas: ¡qué tortilla, madre mía, qué suculenta tortilla!

6.     LLOZ ‘Principio de la lealtad incombustible’. Lo diré rapidito: prefirió venir a la Tapia esta tarde antes que asistir como invitado de lujo a un acto oficial presidido por la más alta autoridad de la CAM. 

7.     TOPO71 ‘Principio de la juventud recuperada’. Apenas se le nota (porque no se hace notar), pero la ilusión ante su próxima cita en Alcázar de San Juan, después de años alejado de este mundo del correr, le ha reverdecido durante estos meses de verano casacampero.

8.     MJOSITA ‘Principio del cuelgue creativo’. Después de una larga temporada ausente, anunció a bombo y platillo su asistencia a la sesión de hoy. Se cruzaron apuestas acerca de su estado de forma, y había enorme expectación por comprobar ‘in situ’ sus progresos o estancamientos en la ardua tarea de subir cuestas, digo...fotos. Pero no hubo nada: cuando llegó al MP, allí no quedaba nadie; sin embargo, no perdió su buen humor: triunfó en el post, como era de esperar. Incluso tuvo tiempo para sacar alguna foto. Que algún [s]día [/s] siglo de estos podremos ver colgada por aquí, no os quepa duda.








XI. FORTUNA

Es una suerte ser un tipo con suerte,

quieras que no,

porque al cabo de tanto otoño

puede ser primavera el veinte de septiembre

en la Casa de Campo (y no sólo en el corte inglés).

 

Quiero decir que hubo tiempo esta tarde

(uno tiende más bien al aislamiento, salvo  que sea jueves)

de encender una chispa de charla

por leve que fuera

con tanta gente amiga,

cosa más bien rara a estas edades

en las que no prolifera la novedad precisamente.

 

De modo que  he podido desear a Luismi suerte este domingo en la media de Pucela,

he pedido auxilio a Nemocorredor en el último tramo del mil

(¿existen los psicólogos?)

y saludado a Michel2, Kiprono y a Bribón,

he sabido de la pelea de Marta con el (puñetero) hierro

y del desencuentro de Santosc con Colón en Barcelona

o de la mejora de Txunda (a ver qué tal se da el domingo…)

y de los planes de Guille en la Extrema de Asturias

(no me sonaba en bable).

 

Y mucho más, ahora que recuerdo,

como por ejemplo el plan con el que bajó Porfirio de treintaiocho en Aranjuez,

la impagable sabiduría que destila Serafín en cada frase,

las dotes de Promesa y de Yudus como jueces de pista

o el descanso merecido por Elo (tanto jamón no es para menos)

y los progresos de Javimulas en el tri,

complemento de la vuelta de Mildo a las carreras.

 

Tantas cosas que, ya digo,

son impropias a según qué edades

porque uno va perdiendo la curiosidad y tiende al aislamiento,

aunque es edulcorante pegar un poco la hebra con Josero

con Tetovic, Benino, con Pianista y Teosbardera,

con Alberto y Lbh (¡ánimo, compadres!),

reírse con las ocurrencias insólitas de Sonia,

animar a Ana cuando estaba a punto de plegar las alas,

escuchar lo último de Javi Lloz

alegrarse de que Bruguera ya no tenga molestias en las cosquillas

(digo en las costillas)

o enterarse de que Marcos ya corría por Arcentales en el ochentaisiete.

 

Bueno, y admirar la permanente movilización de Lloz en todos los frentes

(nada humano le es ajeno)

e intercambiar con Garabitas descubrimientos por lo más intrincado de la CdC

o hacerse una foto más con Chema y constatar que la sonrisa es real y no impostada.


Tantas cosas

a estas alturas de la temporada

cuando uno ya tiende a pensar que está todo el pehcao vendido.

 






 

XII.  UN MINUTO EN EL LIMBO


Bastó que se levantara algo de viento fresco para que la tarde adquiriera de súbito ese tono atolondrado que define el otoño. Ya eran todo prisas, grupos compactos, rostros más concentrados de lo habitual, incluso un aire como de seriedad sobrevenida, a la espera de ese dos mil (y pico) que se avecinaba como un visitante algo molesto cuya presencia viene a romper la frágil armonía de la casa.

Luego todo fue tan intenso como uno había supuesto durante las horas previas: la bajada sostenida del primer km (con un ojo puesto en el deseo de jugársela desde el principio y el otro apelando a la necesaria prudencia), el cruce del puente sobre el ferrocarril (casi una fechoría de infancia) y el temor a la segunda parte, porque un km de subida es siempre muy largo.

Raramente, se me hizo todo muy breve. Más que nada porque a la altura de Garrapatas me quedé medio a ciegas. De buenas a primeras me encontré como extraviado en tierra de nadie, perdido en medio de un bosque (no sé si encantado o desencantado), y muy lejos de todas esas ataduras que a menudo le impiden a uno flotar sobre toneladas de escombros, o de basura (en el calentamiento, Lucas me había dicho, hablando del anisakis, que una ballena defeca cinco mil kilos de desechos en cada una de sus ‘sentadas’).

Lo dicho, miraba a uno y otro lado y, aunque reconocía a quienes iban cerca de mí, me parecía que todo era como de mentira, un simple decorado: lo único real era la luz, la escasa luz a punto de cerrarse sobre sí misma y engullir para la eternidad el esfuerzo y los sudores de quienes avanzábamos hacia los primeros tramos de la cuesta.

Afortunadamente, y conforme salíamos de las zonas de sombra, el asfalto, la encina, el majuelo, todo fue adquiriendo de nuevo perfiles más nítidos e intensos. Y fue entonces cuando recuperé la conciencia: a falta de 500 metros me encontré con casi toda la fuerza intacta, y durante cosa de un minuto disfruté intensamente de la fatiga, del dolor y hasta de la (in)capacidad de imprimir algo más de energía a unas piernas que, paradójicamente, ya no daban más de sí.

Y al final, pues en fin, digamos que hasta las once o así pudimos asistir a una documentada sesión en la que arzobispos, bailarinas de tango y padres que tratan con total equidad a sus hijos compartieron mesa y mantel con mamás que lo arreglan todo y con retruécanos olímpicos a base de cachos, fermines y cachos de fermines; todo ello bien regado con sangre en el rostro y barro en la frente, por no hablar del excelente vino de Toro tan sabroso como certero, gentileza de Txamo.

Esto se acaba...


 





 

XIII. CALABAZAS

Se veía venir. Ya en una de las primeras tapias del verano dejó caer, como quien no quiere la cosa, que esta temporada íbamos a estar así así. Como uno nunca las ve venir, se me ocurrió ilustrar la sesión del diezmil con una alegoría de galgos y conejos. Todo para que se confiara, pero de poco valió.

Resultó, pues, que la temporada fue dejando las cosas en un inestable equilibrio: hoy me colocaba medio minuto en un ocho mil, al día siguiente le devolvía la moneda en el bosque, otra vez llegábamos a la par, y así en un toma y daca ilusionante. Eso creía yo. Iluso.

El tipo se fue ganando a la concurrencia jueves tras jueves con buen vino, patatas asadas y su salsa, humor y simpatía, tatuajes y moldeamiento del tórax a base de gimnasio… toda una batería de artimañas para engatusar al personal; y sobre todo al jefe, claro.

Y el jefe le diseñó la sesión ideal: un tres mil de anochecida; mejor dicho, un tres mil a ciegas. Porque bien podíamos haber salido diez minutos antes, pero el tipo se las apañó para que el Gran Disponedor de la Tapia (GDT) se enrollara en exceso, e incluso se sentara, todo con el fin de alargar la conferencia y que se hiciera de noche. Quiere decirse que el primer mil lo hice de aquella manera. Uno apenas distingue una piedra de una raíz, un hoyo de un promontorio, y menos si ya no hay luz. De modo que se me escapó.

Tuve que echar el resto para ponerme a treinta metros,  con el consiguiente quebranto. Él iba en un grupo de cinco o seis, y poco a poco me fui poniendo a su espalda, pero a qué precio. El caso es que cuando pasé intenté un cambio de ritmo para evitarme problemas, y con esas llegué al asfalto.

Al poco me sobresaltaron unas pisadas que nada bueno auguraban. En efecto, el tipo había ido acercándoseme y amenazaba con restregarme por la cara todo el trabajo del verano. Yo me debía a mi maestro Lloz, yo quería demostrar que sus enseñanzas no habían sido en vano, yo me había estudiado toda la teoría y yo había cumplido en la práctica; y esa misma tarde yo había estado muy atento por aquello del estilo, la técnica y la economía de carrera.

Pero el tipo se me había colocado al costado y no renunciaba a llevarse el gato al agua. A mí ya no me quedaba apenas nada, pero pensé de nuevo en nuestro guía: no podía fallarle. Más que nada porque el de Getafe había hecho pellas durante más de un mes, y yo tenía que dejar claro que quien la sigue la consigue.

Total, el reto se mantuvo en tablas unos trescientos metros, y a falta de otros tantos me pareció que daba síntomas de agotamiento. Respiré hondo e intenté la fuga definitiva (el orgullo casi ya resplandeciente), pero me encontré con el verdadero rostro de la impostura, el enmascaramiento y el abuso. Lo digo, más que nada, porque uno tiene ya una edad, unos achaques, unas canas (el estilo, que diría nuestro Gran Timonel) y uno no merece una humillación tan rotunda.

A lo que iba: cuando ya empezaba a pensar en una satisfacción, el personaje (de las narices) pegó un cambio súbito que me dejó clavado. Me quedé, ya digo, a verlas venir.

Y como no me gusta tragarme la bilis, quiero decirle dos cositas bien claras al tipo del que hablo, de nombre Malagueta, por más señas:

La primera: ¡enhorabuena, hermano!

Y la segunda: ¡enhorabuena, mamonazo

 

 





 

XIV. HE VENIDO A BUSCARTE

 Fue ya casi al final, cuando estaba a punto de marchar para casa, porque uno anda algo tocado del oído (‘más sordo que una Tapia’) y el exceso de decibelios resulta demoledor. Digo que decidí llegarme hasta la pista central de baile para disfrutar un poco más viendo a la gente deslizarse con la suavidad concentrada con la que (dicen) alcanzan los amantes el punto crítico de ebullición. Y para mi sorpresa, el estribillo de la canción insistía una y otra vez en una frase tan demoledora como familiar, una declaración de amor definitivo, sin paliativos

-         Yo soy la muerte, yo soy la muerte. He venido a buscarte.

Lo que quiero decir es que allí había treinta parejas bailando al ritmo de aquella declaración funesta y, sin embargo, no mostraban signo alguno de temor o desasosiego. Más bien sonreían, mirando fijamente cada quien a su pareja como quien está a punto de alcanzar ese estado de raro equilibrio que asociamos a la pasión desatada.

Me preguntaba yo si quienes bailaban estarían escuchando la canción o si, por el contrario, se dejaban llevar simplemente por la enajenación de la música que nos arrebata cuando el ritmo se aloja en las tripas y uno pierde las nociones del tiempo y el sentido común. Visto así, daba la impresión de que toda aquella gente resbalaba insensiblemente hacia un territorio en el que metales y percusión elevan a los que bailan hasta situarlos en un plano en el que la gravedad se difumina. Y por eso sonreían, felices de trascender la simple realidad de una sala de baile.

Entonces quise suponer que no en vano habíamos ido allí a rematar la noche. Después de todo ha sido también éste un verano plagado de momentos estelares, a menudo íntimamente ligados a situaciones agónicas que no resultan demasiado ‘razonables’ para quien no lo viva desde dentro. Y del mismo modo que las parejas de baile oían la llamada definitiva con una sonrisa en los labios y una explosión de fuego en la cintura, de ese mismo modo, raro será quien no haya sentido un jueves sí y otro también ese momento de plenitud que, por arte de magia, se aproxima al paroxismo de la angustia, sin  que el peligro de su vecindad disminuya el placer de haber estado cerca, muy cerca, de esa línea difusa que separa la felicidad de la tragedia.

Por eso nunca acabaremos de valorar en lo que vale la permanente presencia entre nosotros de esos dos magos de la Tapia (ya casi prefiero no decir sus nombres, porque no se nombra a los dioses) que destilan cada jueves en nuestras venas las dosis ajustadas de dolor y éxtasis que nos permiten oír la seductora voz de la agonía como si fueran cantos de sirena.

Y por eso mismo el premio femenino a la ‘Ilusión’-2008 tenía que ser precisamente ‘Killer’. No podía ser de otro modo. Efectivamente, ‘ella vino a buscarnos’.

(A 20 de mayo de 2009)

 

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