Colaboraciones 2008 - Página 13

Índice de Artículos
Colaboraciones 2008
I.QUE SE VAYAN
II. CORRE, CONEJO
III. LA ESTRELLA ERA...
IV. YA LO DECIA...
V. ¿DONDE ESTUVISTE...
VI. VOCABULARIO...
VII. INCREMENTO...
VIII. OBJETIVO...
IX. DEL BOSQUE
X. UN TIPO...
XI. FORTUNA
XII. UN MINUTO...
XIII. CALABAZAS
XIV. HE VENIDO...
Todas las páginas




 

XII.  UN MINUTO EN EL LIMBO


Bastó que se levantara algo de viento fresco para que la tarde adquiriera de súbito ese tono atolondrado que define el otoño. Ya eran todo prisas, grupos compactos, rostros más concentrados de lo habitual, incluso un aire como de seriedad sobrevenida, a la espera de ese dos mil (y pico) que se avecinaba como un visitante algo molesto cuya presencia viene a romper la frágil armonía de la casa.

Luego todo fue tan intenso como uno había supuesto durante las horas previas: la bajada sostenida del primer km (con un ojo puesto en el deseo de jugársela desde el principio y el otro apelando a la necesaria prudencia), el cruce del puente sobre el ferrocarril (casi una fechoría de infancia) y el temor a la segunda parte, porque un km de subida es siempre muy largo.

Raramente, se me hizo todo muy breve. Más que nada porque a la altura de Garrapatas me quedé medio a ciegas. De buenas a primeras me encontré como extraviado en tierra de nadie, perdido en medio de un bosque (no sé si encantado o desencantado), y muy lejos de todas esas ataduras que a menudo le impiden a uno flotar sobre toneladas de escombros, o de basura (en el calentamiento, Lucas me había dicho, hablando del anisakis, que una ballena defeca cinco mil kilos de desechos en cada una de sus ‘sentadas’).

Lo dicho, miraba a uno y otro lado y, aunque reconocía a quienes iban cerca de mí, me parecía que todo era como de mentira, un simple decorado: lo único real era la luz, la escasa luz a punto de cerrarse sobre sí misma y engullir para la eternidad el esfuerzo y los sudores de quienes avanzábamos hacia los primeros tramos de la cuesta.

Afortunadamente, y conforme salíamos de las zonas de sombra, el asfalto, la encina, el majuelo, todo fue adquiriendo de nuevo perfiles más nítidos e intensos. Y fue entonces cuando recuperé la conciencia: a falta de 500 metros me encontré con casi toda la fuerza intacta, y durante cosa de un minuto disfruté intensamente de la fatiga, del dolor y hasta de la (in)capacidad de imprimir algo más de energía a unas piernas que, paradójicamente, ya no daban más de sí.

Y al final, pues en fin, digamos que hasta las once o así pudimos asistir a una documentada sesión en la que arzobispos, bailarinas de tango y padres que tratan con total equidad a sus hijos compartieron mesa y mantel con mamás que lo arreglan todo y con retruécanos olímpicos a base de cachos, fermines y cachos de fermines; todo ello bien regado con sangre en el rostro y barro en la frente, por no hablar del excelente vino de Toro tan sabroso como certero, gentileza de Txamo.

Esto se acaba...


 



You are here