Colaboraciones 2008 - Página 14

Índice de Artículos
Colaboraciones 2008
I.QUE SE VAYAN
II. CORRE, CONEJO
III. LA ESTRELLA ERA...
IV. YA LO DECIA...
V. ¿DONDE ESTUVISTE...
VI. VOCABULARIO...
VII. INCREMENTO...
VIII. OBJETIVO...
IX. DEL BOSQUE
X. UN TIPO...
XI. FORTUNA
XII. UN MINUTO...
XIII. CALABAZAS
XIV. HE VENIDO...
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XIII. CALABAZAS

Se veía venir. Ya en una de las primeras tapias del verano dejó caer, como quien no quiere la cosa, que esta temporada íbamos a estar así así. Como uno nunca las ve venir, se me ocurrió ilustrar la sesión del diezmil con una alegoría de galgos y conejos. Todo para que se confiara, pero de poco valió.

Resultó, pues, que la temporada fue dejando las cosas en un inestable equilibrio: hoy me colocaba medio minuto en un ocho mil, al día siguiente le devolvía la moneda en el bosque, otra vez llegábamos a la par, y así en un toma y daca ilusionante. Eso creía yo. Iluso.

El tipo se fue ganando a la concurrencia jueves tras jueves con buen vino, patatas asadas y su salsa, humor y simpatía, tatuajes y moldeamiento del tórax a base de gimnasio… toda una batería de artimañas para engatusar al personal; y sobre todo al jefe, claro.

Y el jefe le diseñó la sesión ideal: un tres mil de anochecida; mejor dicho, un tres mil a ciegas. Porque bien podíamos haber salido diez minutos antes, pero el tipo se las apañó para que el Gran Disponedor de la Tapia (GDT) se enrollara en exceso, e incluso se sentara, todo con el fin de alargar la conferencia y que se hiciera de noche. Quiere decirse que el primer mil lo hice de aquella manera. Uno apenas distingue una piedra de una raíz, un hoyo de un promontorio, y menos si ya no hay luz. De modo que se me escapó.

Tuve que echar el resto para ponerme a treinta metros,  con el consiguiente quebranto. Él iba en un grupo de cinco o seis, y poco a poco me fui poniendo a su espalda, pero a qué precio. El caso es que cuando pasé intenté un cambio de ritmo para evitarme problemas, y con esas llegué al asfalto.

Al poco me sobresaltaron unas pisadas que nada bueno auguraban. En efecto, el tipo había ido acercándoseme y amenazaba con restregarme por la cara todo el trabajo del verano. Yo me debía a mi maestro Lloz, yo quería demostrar que sus enseñanzas no habían sido en vano, yo me había estudiado toda la teoría y yo había cumplido en la práctica; y esa misma tarde yo había estado muy atento por aquello del estilo, la técnica y la economía de carrera.

Pero el tipo se me había colocado al costado y no renunciaba a llevarse el gato al agua. A mí ya no me quedaba apenas nada, pero pensé de nuevo en nuestro guía: no podía fallarle. Más que nada porque el de Getafe había hecho pellas durante más de un mes, y yo tenía que dejar claro que quien la sigue la consigue.

Total, el reto se mantuvo en tablas unos trescientos metros, y a falta de otros tantos me pareció que daba síntomas de agotamiento. Respiré hondo e intenté la fuga definitiva (el orgullo casi ya resplandeciente), pero me encontré con el verdadero rostro de la impostura, el enmascaramiento y el abuso. Lo digo, más que nada, porque uno tiene ya una edad, unos achaques, unas canas (el estilo, que diría nuestro Gran Timonel) y uno no merece una humillación tan rotunda.

A lo que iba: cuando ya empezaba a pensar en una satisfacción, el personaje (de las narices) pegó un cambio súbito que me dejó clavado. Me quedé, ya digo, a verlas venir.

Y como no me gusta tragarme la bilis, quiero decirle dos cositas bien claras al tipo del que hablo, de nombre Malagueta, por más señas:

La primera: ¡enhorabuena, hermano!

Y la segunda: ¡enhorabuena, mamonazo

 

 



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