Colaboraciones 2009 (8 a 12)

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Colaboraciones 2009 (8 a 12)
8ª (09-Julio)
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Colaboraciones 2009

 

 


 

Porfirio

FLATUS VOCIS


No existe EL camino, existen los caminos concretos, con sus circunstancias particulares. Entre ellas, sin duda, las de que hoy, 9 de julio de 2009 (1 d.s.t, léase, "primer día sin tapia"), yo, este cuerpo gentil y veraniego - vestía bañador-, que responde al nombre de Porfirio - llevé mi camiseta tapiera como enseña para que el entero baix empordá se enterara a mi paso- lo he transitado a una hora concreta - sí, llevaba el garmin. Por eso designo hoy a este, mi primer camino del 1 d.s.t., con el nombre de "Flatus vocis". Nunca antes otro Porfirio ha podido hacer lo mismo; de hecho no ha podido haber otro Porfirio, ¿verdad? Ergo el camino es mío (como dice mi hijo Matías en la playa de Pals ante todo cubo de arena que avista), y el nombre el que yo alumbre. "Tomad, pues, la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga", se lee en El Quijote. Así que sea "Flatus vocis", como otros en su día decidieron "Sahara" para designar el circuito tapiero de hoy, aunque Bribón hubiera optado por "Baltoro". Los dos son buenos nombres dadas las condiciones en que cada cual vivió aquella parte del campo... También lo es Flatus Vocis cuando uno se acerca a Peratallada, tras haber pasado por Fontclara, Palau Sator y San Feliu de Boada, lugares sobrecogedores en los que se visitan naves románicas de tiempos remotísimos (siglo XIII) perteneciente alguna de ellas a monasterios aún más remotos (s. IX). Es fácil imaginar que intra y extramuros un grupo de monjes ha discutido con vehemencia en aquellos años si la realidad del CAMINO es ontológica o tan sólo lógica. ¡¡Flatus vocis!! bramarían los primeros. Que disfruten del Sahara my dear comrades y que cada cual lo llame como le lata. Saludos desde el Baix Empordá, donde tienen ustedes morada hasta el 1 de agosto.

 

Jabo


VII. UN TIPO EXCÉNTRICO


Aquel era un país en el que sobraban tipos ocurrentes; sin embargo, carecía de inventores. De hecho, desde el siglo XVIII hasta aquel fatídico 9 de julio de 2009, la ingeniería nacional sólo había sido capaz de ofrecer al mundo dos-inventos-dos, ambos sujetos a la misma estructura de palo con bolita; como habrán deducido los más perspicaces, aquel país repleto de tipos imaginativos y temerarios había tenido el privilegio de ver nacer a los creadores de dos palancas del universo mundo: el chupa-chups y la fregona. A eso se reducía su contribución al progreso industrial.

Pero eso, ya digo, era historia pasada, casi olvidada, por más que la propaganda oficial machacara las adormiladas mentes del público en general con la monserga de que mil quinientos millones de chinos chupando el caramelo con palito son muchos chinos, “porque si toda esa gente (decían los agentes del Gobierno) se pasa el día dándole chupetones al asunto, a razón de treinta céntimos la unidad, eche usted cuentas”. Claro que, desde hacía ya un tiempo, los chinos estaban un poco altivos y ya no se conformaban con el dichoso chupa-chups; ahora ya aspiraban al bombón helado, al flash de fresa, y de ahí para arriba.

Por eso, los poderes centrales (y aun los periféricos) se habían puesto manos a la obra. ¿Qué no quieren chupa-chups, que pasan de la fregona y prefieren la mopa? ¡Pues se van a enterar! Inventaremos algo nuevo, revolucionario, la máquina total. Se van a cagar los tipos esos del yu-tú y el gu-guel, los pelmas del acelerador de protones y toda esa gentuza del genoma y la madre que los parió. Van a saber lo que es bueno. ¿Quieren I+D+i? Pues lo tendrán, vaya si lo tendrán.

Dicho y hecho. Florecieron como setas ideas tan sorprendentes como ingeniosas, se abrieron líneas de investigación que muy pronto florecieron como aplicaciones tecnológicas insospechadas sólo un mes antes, se extendió por pueblos y ciudades una fiebre investigadora que nadie habría podido imaginar en un país, como se ha dicho, tradicionalmente negado para estos menesteres. Pero de todos aquellos inventos, sólo uno cautivó al mundo entero desde el primer momento. Me refiero, como habrán adivinado, al pulverizador auricular, vulgarmente conocido como el “mojaoreja”.

Ocurrió el milagro un nueve de julio, día de santa Verónica, a las nueve de la tarde menos cuatro minutos. Junto a los columpios de la puerta de Rodajos, allá en la CdC madrileña, un numeroso grupo de corrientes (ya quedó claro el verano pasado que lo de ‘corredores’ es un exceso verbal) escuchaba ensimismado las palabras del Gran Manitú recién llegado del Sahara. Sus tres semanas de ascética meditación desértica habían fructificado en un colosal descubrimiento que a punto estaba de trastornar las bisagras del universo. No es que fueran a redefinirse los conceptos básicos del atletismo, no; no es que a partir de ese momento quedaran definitivamente enterradas las epos de tercera generación y cualesquiera triquiñuelas para robar un segundo a las mejores marcas. Ya podían temblar Usaín Bolt, Bekele y Wanjiru porque, o se asociaban a la empresa que estaba alumbrándose en aquel momento y en el lugar citado, o verían caer sus marcas como endebles castillos de naipes.

La idea era tan simple como genial, una constante desde aquello de la bañera de Arquímedes o la manzana de Newton. En este caso, de lo que se trataba era de transformar una dificultad en una ventaja. Dicho de otro modo, si con el calor la sangre acude a la piel en lugar de ir a los músculos, refresquemos la piel de tal forma que la sangre afluya a borbotones allí donde se la solicita; de este modo, los músculos dispondrán de un aporte sanguíneo tan abundante que ni la autotransfusión más caudalosa podría igualar. Eso en cualquier época del año; pero lo que es en verano, los resultados iban a ser demoledores para quienes anduvieran a uvas.

La clave del asunto era el soporte. De hecho, en los últimos años las mejores marcas comerciales habían inundado el mercado de chismes tan llamativos como inútiles, tales como zapatillas con pulsómetro, gorras con radio, gepeeses con el plano exacto de la tumba de cuarenta faraones para hacer carreras de orientación, y cosas por el estilo. Pero a ver quién es el guapo que se mete en una pirámide llena de escarabajos y serpientes, con lo bien que se corre por las cumbres de Guadarrama. Frente a esa colección de chismes inútiles, el invento del Gran Ingeniero Lozano (Gilo, para los amigos) era simplemente la bomba.

La cosa era tan sencilla como aplicar (de nuevo) una bola a un palito, en este caso dos. La bola no era sino una de aquellas perillas de goma para irrigaciones tan útiles como remedio contra el estreñimiento allá por la primera mitad del siglo veinte. Bastaba con llenar la perilla de agua y mantenerla luego cerca de la boca con un sistema de poleas ajustado al cráneo. Los palitos eran simplemente dos pajitas como las de beber horchata que, aplicadas a la perilla y orientadas hacia las orejas con el sistema vertebrado típico de esos tubitos de plástico, conducirían el preciado líquido hasta las mismísimas orejas del corredor. Para que el chorro no fuera borbotónico sino suficientemente pulverizado se taparía el extremo de la pajita, aplicándose después diez o doce alfilerazos al tapón para lograr el efecto deseado de pulverización.

El mecanismo era bien fácil: cada cien metros, el corredor abría la boca, estiraba la lengua y accionaba el sistema de poleas que le acercaba la perilla a los dientes, mordía la perilla y de inmediato el fluido era transportado por las pajitas y difundido a las orejas con el efecto refrigerante deseado.

La prueba definitiva se llevó a cabo cinco minutos después, esto es, a las nueve y un minuto de aquel nueve de julio. De los cuarenta y tres corrientes que hicieron el dos mil, veintiuno corrieron con su ‘mojaoreja’. Los otros veintiuno corrieron sin ton ni son, o sea, a lo clásico. Los resultados no es que saltaran al libro de los récords inmediatamente, no; lo grave fue que todos los millones de madridistas que se habían quedado sin la camiseta de Ronaldo tres días antes, se empeñaron en consolarse con su particular mojaoreja, asaltaron el MP y despojaron a los veintiún tapieros de aquellas primicias que, pocas semanas después, en el campeonato del mundo de Berlín, fueron la clave que redujo la marca de diez mil a veintidós minutos doce; y la de maratón, a una hora cuarenta y tres minutos.

No hace falta decir que nuestro querido jefe es desde entonces un asqueroso multimillonario que se ha hecho instalar una mansión en el Sahara, rodeada de elefantes que se pasan el día espurreando chorros de agua por las habitaciones. Un excéntrico, el jodío Lloz.


 

Noemi

Noemi (10-07-09)

La vuelta de las vacaciones
fue menos dura pensando
en el jueves - Tapia,
y aun así, qué duro,
la vuelta y el Sáhara.
El caso es que empezó
bastante bien, los cambios
se sucedían sin incidencias
a ritmo constante, logrando
las sensaciones buscadas,
eso sí, con polvo y calor,
como requería el momento.
pero a mitad de series,
un mal tropiezo por delante,
por suerte sin mayores consecuencias,
creo, aguantó la pos enterita,
nos frenó unos minutos antes
de la cuesta, qué dolor de piernas.
Aun así terminamos satisfechos.
La charla versaba sobre hidratación,
horror, mi mente me jugó una mala
pasada, en la serie de 2000 posterior,
mi cuerpo se deshidrata, eso creo.
A duras penas la culmino,
con un tiempo mediocre y a partir
de ahí me arrastro, atajo, camino
al Punto de Encuentro. Gracias,
Bea, Ivon por esos 3 vasos
de cerveza con limón, frutos
secos y patatas saladas.
Recuperada, y libre de cargas
familiares, disfruté de una
agradable post- tapia llena
de nostálgicos recuerdos.
Cerré el chiringuito y volví
a casa, con 5 años menos,
hasta esta mañana, que me han caído
de golpe a golpe de despertador.


 

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