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Colaboraciones 2009 (4 a 7)
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Tapiero ScopScop (11-06)

De nuevo publico la crónica por anticipado, me baso en mis recuerdos de la del año pasado por lo que teniendo en cuenta que acabé desorientado tras las series por los puntos cardinales es posible que cometa errores en la transcripción, bueno eso y que la cromática foto publicada por Lloz no permite ver bien la serie en dirección Este.


Jaque mate en seis jugadas


Hoy toca la Tapia en estrella, no confundir con la Tapia nocturna y menos con la del año pasado que ni tan siquiera tuvimos Luna, tampoco con el barrio del mismo nombre, lo conozco bien y no tenemos Tapia aunque si aparcamiento regulado por la ORA que todo lo más sería un muro de las lamentaciones.

La Tapia en estrella es la Tapia en estrella y hace varios años que se celebra, a juzgar por el colorido de la foto colgada por el jefe parece un tablero de parchís pasado por un departamento de I+D+i, pero su ejecución parece más propia de una partida de ajedrez, fría y calculadora, de ahí el título.

Como siempre saldremos del Meeting Point a la hora acostumbrada, ocho menos cuarto, y a trote allegro ma non troppo llegaremos al puente de la Garrapata que bien pudiera estar repleto de troncos según ha explorado la Promesa, cuando digo allegro ma non troppo quiero decir allegro ma non troppo y cuando digo la Promesa me refiero a mi tocayo.

Junto al pretil del puente recibiremos una charla técnica del doctor Garabitas sobre el sistema cardiovascular, nos vendrá bien reforzar nuestro conocimiento médico sobre la materia a tratar porque la Tapia en estrella exige mucho de dicho sistema y cuanto más sepamos mejor.

La primera parte de la sesión, o entrenamiento fraccionado como dice el mister, consiste en avanzar mil casillas hacia el Norte (línea amarilla) y tras la recuperación volver al punto origen; no recuerdo si hay que cruzar la vía, o sea la del tren no la Láctea que pilla algo más lejos, pero al hacerlo por un paso superior no será necesario consultar los horarios de la Renfe para evitar coincidencias, conjunción astral en terminología estelar.

La segunda parte es de color rojo, quizás por el tono que van a adquirir las caras de los más lanzados, saldremos hacia el Oeste y haciendo un bucle de mil doscientas casillas volveremos a aparecer en el punto de partida aunque algo más cansados, a estas alturas algunos empezarán a entender porqué le llamaban el Salvaje.

La tercera es azulona o cianótica, de nuevo avanzaremos mil casillas hasta las vías ahora en dirección Este, que yo recuerde cerca de las vías se hace un pequeño receso, a algunos les parecerá realmente pequeño, antes de volver con las mismas prisas al puente de la Garrapata que, cinco fraccionados después, asemejará la entrada de un hormiguero, con gente corriendo en todas direcciones como pollos sin cabeza preguntándose que es lo que toca ahora.

Casi nada, como colofón el Sur, quizás Don Luis haya pintado este recorrido de verde en memoria de mi equipo, recién descendido pero que resurgirá de sus cenizas lo que no sabemos es cuando ni por cuanto tiempo, esta fracción quizás sea la más difícil de la tarde ya que aparte de ser la última son mil doscientas casillas de dura ascensión hasta la fuente de Cuatro Caminos, la mente no estará para cálculos complejos, tú tira el dado y sal corriendo antes de que te coman.

Es bueno que la cosa acabe en una fuente porque a casi 30º meterse una Tapia en estrella provoca sed. Desde allí volveremos como buenamente podamos hasta el añorado Meeting Point dónde los tapieros presentes comentaremos la sesión en animada merienda cena a la luz del candil, si es que aparece Josero, porque no estaremos como para mirar las estrellas, ¿ o sí?

 


 

Tapiero PorfirioPorfirio (11-06)

HOMENAJE A UN CRONISTA GENEROSO



Suena la Cabalgata de las Walkirias. Ella llora. Desde los primeros compases wagnerianos se han ido convocando recuerdos en cascada. Algunos gratos; otros que horadan el corazón como una garrapata. “Somos polvo de estrellas que piensa sobre las estrellas”, solía repetir su padre citando a Carl Sagan mientras dirigía su telescopio hacia el cielo estrellado desde el balcón de su piso madrileño. Cómo disfrutaba aquellos veranos de infancia oyendo a su padre contar los misterios del universo a los chavales del bloque.
Él ríe a carcajadas. Si no fuera por el sonido de las trompetas, le oiría el auditorio entero. Apenas faltan tres vueltas. 1200 metros, tres minutos y medio de nada. Desde el sexto kilómetro ya nadie puede seguirle. Ni siquiera la Promesa, el que tantas veces le había doblegado en la última recta. El estadio ruge y él se recrea comprobando por la pantalla gigante la desesperación de sus rivales. Llega la última vuelta, el último esfuerzo. Ya no hay isquemia que le detenga. Va a ganar. Allí está la curva del 200. Vuela hacia ella, apretando los dientes y alargando más la zancada, golpeando con más furia el tartán, cerrando los puños…
Ella intenta agarrar su mano buscando consuelo. No puede. La tiene cerrada con el rigor de la muerte. Le mira y se sobrecoge viéndole cabecear con los ojos cerrados y la sonrisa más amplia que le ha visto nunca. Suda a chorros.
“¡Jabo, jabo!” - le grita alarmada mientras enciende la luz de la mesilla de noche.
“¿Qué pasa, qué pasa?”- responde él incorporándose.
“¿Tenías una pesadilla?”
“Sí. Bueno, no. Varias. Varias. Varios sueños horribles… Horribles. Primero me atacaba un monstruo justo cuando enfilaba la recta de los cien… Un ser espantoso con cinco brazos, o seis, no sé, no me acuerdo… Me hurtaba toda la sangre… Qué digo hurtar, robar, con todas sus letras, que lo menos fueron dos litros lo que me sacó… El intestino, los músculos, todo falto de riego, seco me dejaba… Y Promesa entraba triunfante mientras a mi me sacaban las asistencias ante la conmoción del respetable. Pero lo peor vino después”.
“¿Qué fue?”
“Soñé… soñé que no iba a la Tapia, que nos íbamos a un concierto de Wagner… Era tan real… Tan catastrófico…”
“Buah… Eso no te los crees ni tú… Que ya puede caer un meteorito en plena Casa de Campo el día de la Tapia que ahí que te vas con tu gorra y tu pañuelo ese de dibujos animados en la muñeca… ”- dijo ella mientras se daba la vuelta y apagaba la lamparilla.
“Y encima Lloz se ausentaba tres semanas…” – musitó él apagando la suya.
"Buenas noches" - dijo ella medio bostezando.
"Buena suerte" - respondió él aun alarmado.

 


 

Tapiero JaboJabo (11-06)

III. CONTRADANZA



El compromiso venía de largo, nada menos que de noviembre. Y a ver quién decía que no. Eran cuatro suites de Bach, a las siete y media de un jueves de junio, yo qué sabía, si estas cosas suelen ser en sábado, o como mucho en viernes. Bueno, vale, cuatro piezas en estrella, a razón de cinco o seis danzas cada una: que si zarabanda, que si polonesa, que si giga o minueto, ya tú veh, mi-emmmano.

En medio del escenario, dos claves de tonos rojizos frente a frente, una mera transposición del puente de la Garrapata, eso seguro. Empezaron a entrar los músicos, y no iban de negro. Bueno, ellos sí, pero no ellas, vestidas de rojo, de verde manzana, de violeta intenso, dos de azul. Una de las violas parecía una brujita rastafari, y un oboe era meramente el último mohicano. Poco que ver con una orquesta convencional; era más bien una reunión de atletas algo estrafalarios. Dirigía el cotarro un hombre de espaldas que no se limitaba a coordinar; también corría, digo tocaba el clave. En medio del escenario, es decir, justo en el pretil del Garrapatas.

Empezó el baile casi sin avisar. Salieron zumbando dos trompetas y el fagot, seguidos de cerca por un redoble de timbales (un tipo barbudo e imprevisible) que prometía caña intensa. Sin más demora salieron arreando la chica del foulard azul, la princesita rubia (violines) y la potente violonchelista de violeta intenso. A punto estuve de tirarme al ruedo, arrastrado por aquella marea incontenible. De hecho, sufrí un agudo tirón allá donde menos lo esperaba. Allá mismo: en el centro neurálgico de… Vamos a dejarlo.

Breve recuperación y ataque a la segunda suite, el segundo brazo de la estrella. Por la cosa de trabajar todo el espectro muscular (o musical, o como se diga), el segundo ciclo salió como desmañado, todo el mundo conteniéndose las ganas: minueto, polonesa lenta, rondeau… un churro revenido y nada crujiente. Allí todo el mundo (incluida la ‘concertino’, embutida en un largo vestido estrecho que despertó todo tipo elogios entre el personal) se limitó a guardar fuerzas para más tarde.

Descanso-Recuperación.

La vuelta fue más briosa, alegre, aunque sin exagerar: overtura, gavota, forlane (‘Ese es mi-al-leti’, susurré a mi vecino de butaca), y por ahí. Cuando menos se esperaba, el timbal, enardecido, cogió el carro de las chufas y se lió a zumbarle al parche como un poseso. Los dos violones (sic) le respondieron con energía. La princesita rubia y la bruja rasta se subieron al bus y les aguantaron el tirón a los violines. Se armó la gresca: iban a 3.30 como mínimo, y tras ellos el mohicano y un oboe con la lengua fuera. A esas alturas, el jefe ya no era capaz de poner orden exigiendo ritmo de minueto: “¡Ni minueto ni ostias!”, se le oyó decir al timbal, que trepaba como un gamo camino del Mortirolo. Por mi parte, tuve que pedir que me amarraran a la butaca, como al otro con las sirenas, más que nada porque la concertino se había sumado a la vorágine y estaba completamente desatada.

Casi sin recuperar enlazaron con la suite final, la subida a Garabitas. El primer tramo salió vivo, muy vivo, pero afortunadamente el ritmo se remansó en el siguiente ciclo, una gavota algo melancólica, que nos dio un respiro para contemplar despacio y por última vez los redondeados hombros de la violonchelista, ay. Fue visto y no visto; de inmediato, las trompetas llamaron a rebato y aquello ya fue una batalla a sangre y fuego. Daba igual que el asfalto estuviera levantado o que del suelo saliera un fuego que derretía las piedras. El mohicano se lanzó en tromba, la rastafari saltó como una exhalación, la princesita rubia (tan modesta, en apariencia) pegó un arreón que a punto estuvo de llevarse por delante a uno de los oboes, y Lloz… Bueno, el director se olvidó finalmente de coordinar aquel baile enfurecido y salió de estampida como si le persiguieran cien pares de fantasmas.

Era su despedida antes de viajar más lejos, muy lejos. La orquesta esperaría su vuelta para recuperar el aliento.

 

 



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